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HE escanciado el Barrantes en mi posada de estudiantes de la Rúa del Franco, allí donde García Lorca se enamoró de la lengua gallega y dijo aquello de: “Chove en Santiago meu doce amor, herbas de prata e sono cobren a valeira lúa”. He degustado el mencía con amigos en bodegas de otros amigos de la Ribeira Sacra; el merlot y el shira en la ruta del vino de Chile con Alejandra Philippi y Claudio Avendaño, compañeros de fatigas académicas y humanas; el rioja en las Bodegas Riojanas y en las de CVNE mientras se suponía hacia las actas del Consejo del que era Secretario (así habrán salido); el vino joven de Betanzos en A Coruña cuando todavía las bodegas se anunciaban con una rama de laurel, y el de Tacoronte en Tenerife y, cómo no, el de Taganana, con su color ambarino acompañado de queso fresco, aguacates y pescado a elegir.

HE paladeado el pastel de Choclo en los Domínicos y la paila marina de Chez Mario en el viejo mercado de Santiago de Chile, con su “pico loco” que cura los males de los hombres; la “pastella” en Fez con su aroma a canela; las pizzas de Los Inmortales y Las Cuartetas en Buenos Aires; el ceviche de Gastón Acurio en Lima; los chapulines en Oaxaca; las manitas de cerdo de Au Pie de Cochón en la Rue Coquilliere justo en frente de les Halles Central de París; los mejillones con tomate en Lorbé, A Coruña, y los mejillones a la provenzal en Chez Leon en la Rue des Bouchers de Bruselas; el cordero de Jose María y el cochinillo de Candido en Segovia; la cataplana del Algarve en Portimâo; la bouillabaisse en el Viejo Puerto de Marsella; la caldereta de langosta en Ciudadela, Menorca; la merluza al punto en Getaria; el arroz caldoso con ansar en las marismas sevillanas (allí donde Spilberg rodó el Imperio del Sol ); el pulpo y la empanada de borona en Santiago de Compostela y, cómo no, las centollas y percebes de la costa de la Muerte en el San Francisco de Malpica.

HE bebido a la caída de la tarde, mojitos en El Nacional, daiquiris en las dos Floriditas, la de La Habana y la de Madrid hoy desaparecida, pisco sawer en el Hotel Maury de Lima (donde las crónicas dicen que fue inventado) y en el Hotel Diego de Almagro de Santiago de Chile (donde yo aprendí a prepararlo), piñas coladas frente al mar en la baranda de un restaurante de Isabela, Puerto rico, y “cubaslibres” gloriosos en el malecón de Santo Domingo mientras una rubia criolla entonaba “hasta su desembocadura” canciones sensuales del venezolano Muntaner. Pero la mejor copa de todas fue una (bueno fueron cuatro) caipiriña/s en el río Paraná entre Paraguay, Brasil y Argentina, mientras oía música folklórica en directo, en la compañía de Carmen y de Rubén Canella y Tere Tsuji, amigos del alma

HE disfrutado de las fiestas gloriosas del Palio de Siena y de San Fermín en Pamplona; de la procesión marinera de la virgen del Carmen en Malpica de Bergantiños con los barcos engalanados y los patrones borrachos; de las romerías gallegas a base de ribeiro y empanada casera, y de la romería chicharrera de San Roque en Garachico, allí donde el Teide cabreado sepultó a la vieja capital, saboreando chorizos de perro y pelotas de gofio con los que unos mozos vestidos de “magos” suelen obsequiar a los visitantes desde carros engalanados.

HE disfrutado también viendo en el Bernabeu con mi Hijo, Alejandro, las remontadas históricas del R, Madrid, cuando Hugo Sánchez; y corridas de toros históricas cuando el Cordobés hacia el salto de la rana.

Pero también HE disfrutado de lecturas tranquilas, y de tardes con mis amigos cantando (ellos, mientras yo metía algo de ruido) en los mesones de la Cava Baja de Madrid, y sobre todo he disfrutado hablando, hablando, hablando.

Hablando de hablar, HE tenido el lujo de hablar en Universidades de México, Colombia, Perú, Ecuador, Chile, Argentina, Cuba, R. Dominicana, España, Portugal, Inglaterra, Italia, Eslovaquia, y Rumanía. Recuerdo que la primera invitación para aventurarme en otras Universidades distintas de mi Complutense original me vino de la mano de Javier Echeverría para unos Cursos de Verano en San Sebastián, y que la primera salida al extranjero fue a México, esta vez por gentileza de Ana Sara Ferrer. Pero sobre todo recuerdo cuando la Universidad de La Habana, allí donde mi abuelo Pancho llegó de emigrante hace ahora más de 120 años, me abrió su aula magna. Fue un bello momento.

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